Trump y Milei creyeron que tenían las mismas ideas, porque usaban una comunicación disruptiva.
En el ejercicio del gobierno chocaron, porque sus ideas son totalmente contrarias entre sí. Milei busca un Tratado de Libre Comercio del Mercosur con Estados Unidos, o al menos un tratado bilateral, mientras Trump es el presidente más proteccionista de la historia norteamericana, que está aislando a su país de la comunidad internacional de forma dramática. Una cosa es que ambos hayan coincidido en el escenario de algunos shows de la nueva derecha, y otra que hayan conversado acerca de sus visiones de la política y la economía.
Hasta el siglo pasado, la gente dedicaba la mayor parte de su tiempo a trabajar, luchar por su supervivencia, formar con otros seres humanos familias, comunidades religiosas, políticas o de cualquier orden, a las que entregaban su tiempo. Eran las que daban sentido a la vida.
En la Argentina, que cuenta con muchos programas de TV de calidad, el rating de los noticieros y de los programas de opinión ha caído dramáticamente. Los medios tradicionales tienen que incorporar el streaming, la transmisión de contenidos multimedia a través de la red ya sea en tiempo real o subiendo su producción en plataformas como YouTube.
Se acabó la sociedad vertical en la que los hijos hacían lo que ordenaban los padres, los militantes lo que disponían los caudillos y los televidentes recurrían a la opinión de los doctos para tomar decisiones. Los ciudadanos rechazan la política, pero han politizado todo. Usando las métricas disponibles en la red, podemos constatar que son pocos los que ingresan para buscar programas de gobierno, manifiestos ideológicos o rendir culto a líderes mesiánicos. Los problemas que son el eje de la conversación de políticos y miembros de la élite no interesan al ciudadano común.
Las formas de los políticos son rechazadas por la mayoría. En todos los países los Congresos están desprestigiados, su ceremonial y su lenguaje resultan entre cómicos e irritantes. Chocan con la vida de personas que pasan más tiempo navegando que oyendo al Parlamento. Algunos periodistas y políticos quieren hablar de los problemas de la gente, y usan para eso cifras, hablan de la inflación, la inseguridad y el hambre. Es un intento vano. Esos no son los temas de los que habla la gente, sino los que los políticos creen que deberían inquietarles.
Hay que averiguar a dónde ingresan quienes se conectan a la red, porque nada nos permite comprender mejor lo real que el mundo virtual. Así conoceremos con facilidad, qué moviliza a la gente y podremos cuantificarlo. Si usted cree que hay un problema que motiva masivamente a la población y no se menciona en la red, está equivocado.
Al mismo tiempo, la gente ha politizado todo. Más allá de las palabras, se politizaron las actitudes, la vida privada de los políticos, detalles cotidianos que antes eran imperceptibles son los que ahora consiguen votos. Importan más los sentimientos que expresan los candidatos que los contenidos de sus discursos.
Trump y Milei creyeron que tenían las mismas ideas, porque usaban una comunicación disruptiva. En el ejercicio del gobierno chocaron inevitablemente porque sus ideas son totalmente contrarias entre sí. Milei busca un Tratado de Libre Comercio del Mercosur con Estados Unidos, o al menos un tratado bilateral, mientras Trump es el presidente más proteccionista de la historia norteamericana, que está aislando a su país de la comunidad internacional de forma dramática.
Una cosa es que ambos hayan coincidido en el escenario de algunos shows de la nueva derecha, y otra que hayan conversado acerca de sus visiones de la política y la economía. Para que la “América” de la que habla Trump “sea grande otra vez”, hay que dejar de comprar carne a la Argentina, para que sea producida por trabajadores norteamericanos.
Milei, creyendo que halagaba a Trump y Musk, pronunció en Davos un discurso acusando a las parejas homosexuales que tenían hijos de pederastas. El primer alto funcionario del gobierno de Trump en visitar Buenos Aires es Scott Bessent, el poderoso secretario del Tesoro, quinto en la línea de sucesión presidencial y el funcionario abiertamente LGBT que ha ocupado el cargo más alto en la historia del país. Bessent, graduado en Yale, pertenece a la iglesia hugonote de Francia, está casado con el ex-Fiscal de Nueva York John Freeman, con quien tiene dos hijos que nacieron por gestación subrogada, en vientres de alquiler. ¿Será que en la Casa Rosada le entregarán una copia del discurso de Davos?
La verdad es que algunos intentos de volver ideológicamente al pasado chocan con la realidad: los actuales seres humanos, somos distintos a los del siglo XX. El desarrollo de la ciencia y la tecnología nos condujo a una sociedad con falta de certezas absolutas en todas las ciencias, que se reflejó en lo político y social.
Hijos de esta cultura, algunos de los líderes que llegan al poder, creen que pueden jugar al Monopoly con el mundo, comprar Groenlandia, Gaza, y poner hoteles de plástico en el tablero, sin tomar en cuenta que existe algo más importante y difícil de manejar que los negocios inmobiliarios y la inflación: en todo lado hay seres humanos que sueñan, se ilusionan, sufren, lloran. No son ignorantes y obedientes como los antiguos, se conectan entre sí a través de las redes, organizan movilizaciones autoconvocadas que derrumban todo. No está claro que esa gente respalde, en el mediano plazo, el sufrimiento de tantos seres humanos, para que Argentina logre la inflación que tuvieron en las últimas décadas sus vecinos.
Jaime Durán Barba, sinopsis de la nota publicada en Perfil el 12-04-2025.

