En su Carta a Meneceo, Epicuro dejó un consejo para los hombres y mujeres que van a morir (es decir, para todos). Les sugirió no perder el tiempo preocupándose por lo que ocurriría después, y mucho menos por lo que dejarían atrás cuando la muerte los alcanzara. Beatriz Sarlo eligió, evidentemente, seguir su camino.
Desde hace algunos días, los medios se regodean con la noticia, mientras los usuarios de redes sociales la comentan con sarcasmo. Poco antes de su muerte, en diciembre de 2024, la ensayista Beatriz Sarlo le entregó un papel al portero de su edificio en el que le encomendaba la administración de su departamento y el cuidado de su gata. Tras el fallecimiento de la ensayista, el hombre, ni lento ni perezoso, se presentó ante la justicia y se declaró legítimo heredero. Mostró el “testamento”, escrito en una hoja cualquiera, y lo dejó en el juzgado, donde se lo peritaría.
Sarlo no tenía hijos ni hermanos. Nadie más que su marido legal, Alberto Sato Kotani, podía ser su heredero. Se habían casado en 1966 y se habían separado en la década de 1970, pero nunca firmaron los papeles de divorcio. La libreta roja -y ya no el Libro Rojo– seguía vigente. Sarlo tendría, desde entonces, otros amores: el último, intenso y duradero, con el cineasta Rafael Filipelli, fallecido en 2023. Pero ante la justicia seguían mandando los papeles con Sato. La muerte de la autora de Escenas de la vida posmoderna dejó, paradójicamente, una historia bien moderna: sin rodeos teóricos, sin juegos de lenguaje, con protagonistas de papel: una hoja blanca y una libreta roja.
La lucha de estereotipos reemplaza a la lucha de clases: el encargado de edificio ve la posibilidad de “hacerla bien”, de juntarla, de arrimarse al hueso, de llevarse el premio gordo y quedarse con lo que, quién sabe, tal vez ya sintió un poquito suyo
Mientras algunas voces coinciden en afirmar que Sarlo mantenía una relación de amistad con su portero, que la cuidó y la asistió durante sus últimos días de vida, otras tantas aseguran que el vínculo con su ex marido, Alberto Sato Kotani, había persistido a lo largo del tiempo: una amistad duradera, sostenida en una confianza que no necesitaba demasiadas explicaciones. En su último libro, publicado póstumamente, Sarlo no solo lo menciona: también aparece junto a él en una de las fotos que ilustran sus páginas. El libro se titula No entender. Más que un relato sobre el pasado, el título ofrece pistas sobre lo que sucede en el tiempo presente.
Invitada habitual a programas culturales y políticos de televisión, Sarlo está ahora en boca de otros personajes: Luis Ventura, Marcela Tauro, Karina Iavícoli. El pasado martes, en el programa de espectáculos y chimentos A la tarde, conducido por Karina Mazzocco, dedicaron media hora a las vicisitudes de la herencia de la autora de La pasión y la excepción. Un vecino de su edificio contó, con detalles, que el portero le había asegurado que, “si todo le salía bien”, lo tomaría como inquilino del departamento. “Me hizo entrar para que pudiera verlo, si se puede se lo alquilo amoblado. Está divino”, comentó, con tonada cordobesa. El joven, de nombre Cristian, explicó su arreglo: “Por un palo se lo alquilo, al millón y medio no llego”. Y, ante la pregunta del periodista Luis Bremer, confesó no tener idea de quién era ella. “La verdad es que solo me la crucé una vez en el ascensor”, “ahora que me decís quién fue, está buenísimo saber que podría dormir en su casa”. Pero la guinda del postre era otra. “Hace un mes vinieron los bomberos al edificio. Cuando le pregunté al portero qué había pasado, me dijo que había hecho un asado en la parrilla de Sarlo (que está espectacular) y había salido fuego”, comentó el joven. Sarlo escribió muchos papeles: quizás este fue el único capaz de generar una historia de este tipo.
En las redes sociales hay quienes aseguran que, en distintas disquerías y librerías, aparecieron objetos con la firma de Sarlo. No es difícil imaginarse al portero llevando vinilos de Thelonious Monk, Bill Evans y Miles Davis a una disquería, o recorriendo librerías de la calle Corrientes, buscando precio por un libro de Saer firmado por el propio autor con dedicatoria a la ensayista. En tono jocoso, una cuenta de la red social X escribió: “Si tu novio te regaló una primera edición de Saer firmada por el autor, tu novio no es tu novio, es el portero de Beatriz Sarlo”.
Mientras algunos de sus amigos intelectuales -que la acompañaron hasta los últimos momentos, visitándola permanentemente- buscan que la propiedad quede en manos de su ex marido para que se convierta en una fundación que resguarde su legado, el portero trajina por los tribunales con la convicción de que el departamento puede ser suyo. Su llave de entrada: un papel simple, firmado -según certifica la justicia- por la propia Sarlo. La lucha de estereotipos reemplaza a la lucha de clases: el encargado de edificio ve la posibilidad de “hacerla bien”, de juntarla, de arrimarse al hueso, de llevarse el premio gordo y quedarse con lo que, quién sabe, tal vez ya sintió un poquito suyo. Los amigos intelectuales, en cambio, pelean por otra cosa: quieren cuidar la letra, preservar el escritorio, salvar la biblioteca. Imaginan vitrinas, archivos, visitas guiadas. Sueñan con un lugar donde Sarlo siga viva en las palabras. También ellos, en el fondo, buscan quedarse con algo, pero con algo que sea para todos.
La muerte de la autora de Escenas de la vida posmoderna dejó, paradójicamente, una historia bien moderna: sin rodeos teóricos, sin juegos de lenguaje, con protagonistas de papel: una hoja blanca y una libreta roja
Al final de su vida, Sarlo dio el último trazo a una de las obsesiones que la persiguieron: la de la literatura nacional. Construyó una historia típica, con trazos de Bernardo Kordon o, acaso, de Germán Rozenmacher: la historia de una tensión imborrable, en la que los abogados de tribunales conviven con los intelectuales del centro, y en la que los encargados de edificio encuentran posibilidades de ascenso a través de un golpe de suerte.
Nunca se divorció, acaso suponiendo que su departamento quedaría en manos de su ex marido y, a través suyo, de sus colegas y amigos. Al mismo tiempo, firmó un papel vago, equívoco, que no es del todo un testamento, pero que deja al portero “a cargo” de la propiedad y del cuidado de su gata. Su gesto reveló la sutil ambivalencia de quien respeta las convenciones y, al mismo tiempo, es capaz de desafiarlas con decisiones imprevisibles. Es el guion de una telenovela con una sola protagonista: la de la mujer que apoyó vehementemente el derecho al divorcio mucho antes de que se sancionara la ley y que, paradójicamente, continuó casada cincuenta años después de haberse separado; la de la intelectual que creyó en la perdurabilidad de las obras a través de manos amigas y rigurosas, y que, al mismo tiempo, fue capaz de firmar en un papel cualquiera una cesión que ahora se revela problemática. Su estructura de sentimientos, para decirlo con Williams, era, quizás, intensa y volátil. Como si, en el fondo, hubiera seguido el consejo de Epicuro -desentenderse de lo que viene después-, pero añadiéndole una torsión propia: no solo ignoró el más allá, sino que lo convirtió en un laberinto involuntario. No es extraño que su final haya sido uno en el que los legados se cruzan, las pertenencias se disputan y las palabras, como siempre, terminan haciendo su propio juego. Tal vez, en el fondo, le hubiera divertido ver cómo se siguen debatiendo -con tanta seriedad- las cosas que dejó al pasar.
Es como si, al final, Sarlo hubiera logrado una síntesis entre su devoción por Arlt y su amor por Borges. Construyó una historia con un papel cualquiera, sin abogados, sin escribanos, sin testigos. Una carta imprecisa para una experta en palabras: “ceder”, “dejar a cargo”; no “legar”, no “poseer”. Le dio una marca costumbrista: imaginó a un portero -a su portero- quedándose, al menos parcialmente, con la tutela de su casa. Un gesto pícaro, arltiano, profundamente porteño. Pero también un gesto tan ambiguo que activa una dinámica borgiana: todas las bifurcaciones son posibles, la solución no está a la vista, la historia puede no resolverse nunca. Sarlo murió. Lo último que nos dejó su testamento fue una historia abierta. Quizás esa también era su última voluntad.
Mariano Schuster, publicado en PANAMA el 26-06-2025.

