jueves 02 abril 2026

«En las sociedades antiguas se decía lo que pasaba, en las modernas pasa lo que se dice». 

Julián Marías

Maleducados (parte 1)

Alexis de Tocqueville, en La democracia en América, escribió sobre la relación entre democracia y buenos modales. Explicó que muchos ciudadanos “no comprenden fácilmente la utilidad de las formas y sienten un desdén instintivo por ellas. Como de ordinario no aspiran más que a goces fáciles y presentes, se lanzan impetuosamente hacia el objeto de cada uno de sus deseos. Las menores demoras les desesperan.

Este temperamento, que trasladan a la vida política, les dispone contra las formas, que les retrasan cada día en algunos de sus proyectos”. Y paradójicamente, “ese inconveniente que encuentran en las formas es, sin embargo, lo que hace a estas últimas tan útiles a la libertad, al ser su principal mérito el de servir de barrera entre el fuerte y el débil, el gobernante y el gobernado, de retardar al uno y dar al otro tiempo para conocerse. Así, los pueblos democráticos tienen naturalmente más necesidad de formas que los otros pueblos”.

Los malos modales de Trump y Milei no son un problema estético sino una renuncia a la paz civil 

La importancia de los buenos modales en la polis ya antes de la democracia moderna aparece en prolífica obra de Cornelius Castoriadis al explicar la importancia que tuvieron la cortesía y los buenos modales en la socialización de las personas durante el Medioevo, cuando fue necesario que pasaran de la ruralidad a la urbanidad, con la construcción de ciudades, intensificando la división del trabajo y la especialización (profesiones), con las cuales la economía venía pegando saltos de productividad similares a la revolución industrial.

Los habitantes rurales, al estar solos con su familia, con quienes se autoabastecían, y sin contacto con otras personas, no tenían ninguna necesidad de adecuar su comportamiento reprimiendo lo que pudiera resultar desagradable a terceros. Sin contacto con las costumbres, las creencias y los hábitos de los demás, su visión del mundo era monológica mientras que para sobrevivir en las ciudades precisaban que fuera dialógica.

En el paso de la ruralidad a la urbanidad las instituciones de disciplinamiento social, la Iglesia, la escuela y otras, enseñaban a los individuos buenos modales y normas de cortesía sin las cuales resultaba imposible convivir en multitud y a los citadinos con ellos.

La pérdida de buenos modales y cortesía en el discurso político de Trump o Milei representa mucho más que un estilo personal de comunicación o una forma de marketing político, es un síntoma claro de regresión a una visión del mundo monológica que considera innecesaria cualquier forma de dialéctica porque al otro hay que dominarlo.

Se escucha habitualmente en Argentina que se está de acuerdo con parte de las ideas de Milei en materia económica pero no con las formas con que se expresa. Pero el insulto y la falta de cortesía no son un problema de índole estética o de falta de elegancia de este tipo de gobernantes, sino un problema ideológico, de una ideología que no desea entrar en diálogo con el que piensa diferente. Constitutivo de la personalidad de líderes anticonsensualistas, que solo pueden gobernar aniquilando las fuerzas del distinto y a la democracia, que precisa también alternancia.

Para los libertarios, las buenas maneras son una superestructura opresiva de la que se vale la corrección política. Lo políticamente correcto sería una hipocresía cuando, en realidad, la falta de cortesía indica una renuncia a la paz civil y el deseo de una interacción social beligerante que erosiona el contrato social.

Jorge Fontevecchia, publicado en PERFIL el 16-11-2024.

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