“Nos afinamos los unos a los otros, limamos nuestros ángulos y lados ásperos, mediante una suerte de colisión amigable. Restringirla es inevitablemente como oxidar la inteligencia humana. Es destruir la civilidad”, escribió Anthony Ashley Cooper.
Es que la cortesía ha sido vista desde siempre como “la gramática y la retórica de la vida cotidiana”, un mapa y un manual para descifrar la sociedad y poder introducirse en ella. En el siglo XVI, Erasmo ya había identificado a la cortesía con el decoro exterior que “procede de un alma bien compuesta”. Y en el siglo siguiente, Baltasar Gracián, en La realidad y el modo, escribió: “No solo ha de ser aliñado el entender, también el querer, y más el conversar” y agregó: “No basta la substancia, requiérese también la circunstancia”.
En todos los casos se realiza un paralelismo entre el lenguaje y la conducta, aceptando que “el lenguaje y el pensamiento son dos realidades inseparables” porque tanto los modales como el lenguaje son “las dos manifestaciones privilegiadas de la participación social”. Otro contemporáneo de Erasmo y Gracián, Baltasar Castiglione, escribió: “Como no puede ser círculo sin centro, así tampoco puede ser cortesía sin bondad”
En un ensayo titulado La cortesía como forma de participación social, Javier Laspalas sostiene: “Muchas normas de cortesía son convencionales y no tienen un fundamento ético, aunque con frecuencia respetarlas pueda llegar a ser un deber moral. Lo que no parece tan claro es que las buenas maneras no guarden ninguna relación con los valores morales”.
La cortesía es un instrumento al servicio del orden social y político, una forma de participación social,
Está claro que los buenos modales cambian con el tiempo porque la vigencia de esos códigos sociales de conducta y relacionamiento depende del consenso, pero al no respetar ese consenso se transgrede la norma porque la cortesía es también un instrumento al servicio del orden social y político. Se podrían comparar las normas de tránsito, que sirven para evitar las colisiones entre autos y peatones, con las normas de buenos modales, que previenen las fricciones entre las personas.
Finalmente, aceptando que es mejor vivir juntos que solos, los códigos de conducta funcionan como signos de identidad, mientras que desobedecer las normas de cortesía y buenos modales denota una ideología anticonsensualista, un desprecio por el otro, una forma de liderazgo divisionista y, finalmente, un espíritu claramente antidemocrático.
Jorge Fontevecchia, publicado en PERFIL el 16-11-2024.

