Un análisis de cómo avanza entre los más jóvenes la idea de que lo autoritario no es lo arcaico, lo impensado, sino algo tolerable si conlleva la promesa de resolver las prioridades que las democracias no lograron satisfacer. Y la división profunda de las sociedades se opone al corazón del concepto de derechos humanos, que se basa en que todos somos parte de la misma familia humana.
Vivimos en tiempos difíciles, en los que el fomento de la política de demonización que se replica en varios puntos del mundo a lo largo de los últimos años, nos plantea un enorme desafío a la vigencia plena de los derechos humanos y nos interpela no solo desde el presente sino, sobre todo, en pos de la dirección que el mundo parece tomar. La Argentina también está inmersa en esta lógica polarizante que disuelve lazos de solidaridad que parecían inquebrantables hasta no hace mucho, mientras pone en cuestionamiento los debates históricos que dábamos por saldados. Nada puede darse por seguro.
El discurso cínico de la división se opone ideológicamente a la idea central de los derechos humanos, según la cual todas las personas formamos parte de la misma familia humana. De un tiempo hasta acá, han crecido las voces que se mantenían agazapadas, en las colectoras del sistema, y ahora se plantan desde el mainstream para gritar sus verdades sin debate alguno, apelando a las herramientas de la desinformación para legitimar corrientes de pensamiento tan disruptivas como excluyentes. La época de la posverdad, de las creencias que se imponen con fuerzas de hechos, nos reconfigura como sociedad desde nuestro interior.
En este contexto, el modelo autoritario ya no es lo arcaico, lo impensado. Todo lo contrario. Alerta la aceptación cada vez mayor, por parte de las generaciones más jóvenes, de la idea de que la vida bajo un régimen autoritario puede ser tolerable si conlleva la promesa de resolver aquellas prioridades que las democracias no lograron satisfacer.
La encuesta global más reciente sobre el estado de la democracia realizada por Open Society Foundation halló que, de las 36 mil personas de entre 18 y 35 años que fueron encuestadas en treinta países, más de un tercio (35%) apoyaba la idea de un líder fuerte que eliminara los órganos legislativos y las elecciones. Solo un 26% de las personas de entre 36 y 65 años compartía esa opinión. La juventud también estaba más abierta a la idea de un gobierno militar (42%), frente al 33% de las personas de entre 36 y 65 años.
El fenómeno de la desinformación en internet también guarda relación con estas cuestiones que erosionan nuestras democracias y las conducen a las puertas de los autoritarismos. Y ni las autoridades ni las empresas detrás de estas redes toman cabal dimensión del peligro que estas prácticas entrañan. O peor aún, su inacción responde a los mismos intereses que empujan quienes promueven la agonía de nuestras democracias. El resultado, como ya lo sabemos, es demasiado peligroso para quedarnos de brazos cruzados.
Mariela Belski; sinopsis de la nota publicada en Perfil el 18-05-2024.

