martes 28 julio 2026

«En las sociedades antiguas se decía lo que pasaba, en las modernas pasa lo que se dice». 

Julián Marías

Argentina no necesita pedir perdón

selección argentina de fútbol

Yo, y otros muchos como yo, pensábamos, que el Mundial que acaba de terminar representaba una fiesta deportiva para los amantes del futbol, un gran negocio para la FIFA y una oportunidad para Trump de mejorar su maltrecha imagen. Pero, el inefable Gianno Infantino fue por más y dijo sin modestia alguna: “Este ha sido el acontecimiento más extraordinario en la historia de la humanidad. No ha sido solo la Copa más grande; ha sido el mayor acontecimiento deportivo, social y cultural que ha vivido la humanidad”.

Mas allá del reconocimiento explícito de ingenuidad planteado al principio de esta nota, debo reconocer que así visto este Mundial fue una verdadera confrontación geopolítica que dejó algo mas más que un campeón, también dejó una toma de posición ideológica, un relato contundente. Y, esta vez, el relato a instalarse fue el de una Argentina xenófoba, racista, violenta y favorecida por la FIFA.

España ganó el Mundial en buena ley- pero despertó más discurso de odio en contra de su rival en la final, que elogios a su gran rendimiento. Esta campaña anti argentina sorprende mucho a algunos y nada a otros.

No se puede pasar por alto que, a la España Campeona del Mundo los primeros en felicitarla han sido el Presidente de Irán Masoud Pezeshkian, el Presidente de Turquía Recep Tayyip Erdogan, los hutíes del Yemen y las autoridades de la organización terrorista Hamas, como si todos esto no fuese suficiente el Presidente del Parlamento iraní Bagher Ghalibaf, país que destruye todos los derechos fundamentales de su pueblo, se animó a asegurar que el éxito de España “ha traído la felicidad a todas las naciones libres del mundo que se oponen a los Estados Unidos e Israel”

A esa campaña salvaje y mugrienta- amplificada en redes-  contra Argentina, se sumaron algunas figuras marginales de la política española como la eurodiputada Irene Montero, y otras del ámbito artístico internacional como Samuel L. Jackson quien aseguró que “la Argentina figura como uno de los países más racistas del mundo” sin citar fuente alguna , además de una tal Mia Khalifa, ex artista porno e influencer, el literato y ex corresponsal de guerra Pérez Reverte, una cantante llamada Rosalia que factura con frecuencia algunos shows en Argentina, y también se sumó Bardem un actor decadente, nostálgico marxista y propalestino que supo facturar allá lejos y hace tiempo en la mismísima Hollywood.

Messi y el Cuti Romero

Messi y «El Cuti» Romero

¿Existe el racismo en la Argentina? Claro que existe. Como existe en Francia, en Inglaterra, en España, en Brasil, en Estados Unidos o en cualquier sociedad del mundo. Negarlo sería ingenuo. La verdadera pregunta es otra: ¿el racismo constituye la identidad de la Argentina?

La respuesta parece mucho más compleja.

La Argentina moderna nació sobre una idea extraordinariamente singular para el siglo XIX: abrir sus puertas al mundo. El Preámbulo de la Constitución no distingue razas, religiones ni nacionalidades. Convoca «a todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino». Pocos países hicieron de la inmigración un principio constitucional.

Durante décadas llegaron millones de italianos, españoles, judíos perseguidos, árabes, armenios, polacos, alemanes, sirios, libaneses, japoneses y latinoamericanos. Muchos escapaban del hambre o de las guerras. Aquí encontraron trabajo, ciudadanía y la posibilidad de comenzar otra vida.

Eso no convierte a la Argentina en una sociedad perfecta. Pero sí describe una cultura cuya identidad fue construida precisamente mezclando identidades.

Por eso sorprende que algunas de las críticas más severas provengan de países cuya historia también merece ser revisada.

España fue durante siglos una potencia colonial que gobernó enormes territorios mediante relaciones profundamente desiguales. Inglaterra edificó uno de los mayores imperios de la historia moderna. Francia mantuvo colonias hasta bien entrado el siglo XX. Ninguno de estos procesos invalida los valores democráticos actuales de esos países, pero recuerda algo importante: ninguna nación tiene autoridad moral absoluta para repartir certificados de pureza ética.

La historia europea también está atravesada por guerras mundiales, persecuciones religiosas, antisemitismo, limpieza étnica y conflictos migratorios que aún hoy dividen a sus sociedades.

La Argentina, con todas sus contradicciones, nunca construyó un proyecto nacional basado en la expansión imperial ni en la subordinación de otros pueblos.

Reducir a cuarenta y siete millones de argentinos a algunos cantos desafortunados o a comportamientos individuales es tan injusto como definir a toda Europa por sus grupos neonazis.

Existe además otro fenómeno menos visible.

En muchos sectores del mundo cuesta aceptar que un país atravesado por crisis económicas recurrentes conserve semejante capacidad para producir talento, cultura y éxito deportivo.

Argentina exporta científicos, escritores, músicos, premios Nobel, artistas, emprendedores y futbolistas desde hace más de un siglo. Produce mucho más de lo que indican sus variables económicas.

Quizás por eso despierta admiración y, a veces, también incomodidad, que en algunos casos – como este – se disfraza de un odio que define mas a quienes lo destilan que a nosotros.

Orlando Di Pino

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