viernes 11 septiembre 2026

«En las sociedades antiguas se decía lo que pasaba, en las modernas pasa lo que se dice». 

Julián Marías

Orgullo Lumilagro

barrabravas

Hay cambios culturales que no aparecen en las estadísticas, pero que terminan moldeando el destino de un país. La economía explica una parte de la historia. La política, otra. Pero existe un componente más profundo: la cultura con la que una sociedad interpreta el éxito, el fracaso, la responsabilidad y el mérito.

Desde comienzos de este siglo comenzó a consolidarse en la Argentina un fenómeno que merece ser debatido. Puede llamárselo «la cultura del aguante» o “el orgullo termo”.

Esa cultura como cualquier otro tiene sus propias expresiones, sus marcas semánticas, sus propias frases breves que funcionan como un himno reducido.

“Mala mia”, justifica cualquier error del calibre que sea y tenga la consecuencia que tenga. “Me chupa un huevo” determina el valor que se le otorga a cualquier bien servicio o actitud, “Me mande un moco” es la frase más frecuente que expresan- como primera señal de arrepentimiento, los que acaban de matar a su mujer, a su hijo o a sus padres, “Me da paja” justifica – en cambio- cierta fatiga crónica o aburrimiento ante la situación que se le demande. Frases breves que muestran -con la fuerza determinante de un eslogan- una forma de ser y estar ante la vida que te tocó en suerte.

Las posiciones termos, la vereda donde se paran los sin cabeza, nació en el fútbol y en determinados sectores de la cultura popular, pero terminó expandiéndose a la política, a las redes sociales, al entretenimiento e incluso a algunos espacios educativos.

El «aguante» dejó de ser solamente una forma de vivir la pasión deportiva para convertirse en una manera de entender la realidad. En esa lógica, lo importante ya no es tener razón, sino pertenecer; no importa el argumento, sino el bando; el adversario no es alguien con quien discutir, sino alguien a quien derrotar.

compartiendo mate

Esa transformación vino acompañada por otro fenómeno: una creciente desconfianza hacia la excelencia. En numerosos ámbitos comenzó a instalarse la sospecha sobre quien estudia más, trabaja más o aspira a destacarse. El mérito pasó a ser visto, muchas veces, como un privilegio antes que como un objetivo.

Al mismo tiempo, el debate público perdió calidad. La discusión fue reemplazada por insultos y descalificaciones. Primero te ataco, nunca te escucho , el anonimato de las redes es ideal para que los cobardes se escondan y los valientes se vayan de pico.

Las discusiones entre termos – sean Lumilagro o Stanley – invalida cualquier debate, anula ese enriquecimiento que solo se logra escuchando al otro, tratando de analizar sus argumentos, aunque al principio incomoden.

En lugar de intercambiar ideas, se consolidó una lógica de tribus donde cada grupo consume solamente aquello que confirma sus propias creencias.

Las redes sociales potenciaron esa tendencia. Premian la reacción inmediata antes que la reflexión; el insulto antes que el argumento; la viralización antes que la evidencia.

La figura del «termo» nació para definir a quienes defiende de manera violenta e irracional una posición de manera acrítica, pero con el tiempo, el término comenzó a utilizarse para describir una actitud mucho más amplia: la renuncia a pensar críticamente cuando una idea forma parte de la identidad propia.

No se trata de un fenómeno exclusivo de un sector político, de una clase social o de una generación. Es transversal. Puede encontrarse en barrios populares y en sectores acomodados; en la izquierda y en la derecha; en la televisión, en la universidad y en las redes.

termo lumilagro argentino

El problema aparece cuando esa lógica se convierte en un valor social. Cuando la pertenencia vale más que el conocimiento. Cuando la emoción reemplaza al análisis. Cuando la fidelidad al grupo resulta más importante que la búsqueda de la verdad.

La Argentina fue, durante buena parte del siglo XX, un país que hizo del ascenso social mediante la educación uno de sus principales orgullos. La escuela pública, la universidad y la movilidad social eran parte de una identidad nacional. Hoy ese consenso parece haberse debilitado.

El desafío no consiste en despreciar lo popular ni en idealizar modelos elitistas. La cultura popular ha producido algunas de las expresiones artísticas más valiosas del país. El problema aparece cuando se glorifica la resignación, se desvaloriza el conocimiento o se naturaliza la mediocridad como si fueran virtudes.

Una sociedad progresa cuando logra combinar inclusión con excelencia, solidaridad con responsabilidad, derechos con obligaciones y empatía con exigencia.

Quizás el verdadero debate no sea entre ricos y pobres, ni entre derecha e izquierda. Tal vez la discusión más importante sea entre una cultura que premia el esfuerzo, la curiosidad intelectual y la innovación, y otra que celebra la pertenencia por encima de las ideas y la lealtad por encima del pensamiento crítico.

La Argentina necesita volver a discutir qué valores quiere transmitir a las próximas generaciones. Porque las economías pueden recuperarse y los gobiernos cambian, pero cuando una cultura deja de valorar el conocimiento, el esfuerzo y el pensamiento crítico, el costo suele ser mucho más difícil de revertir, tal vez imposible.

Orlando Di Pino

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