Malvinas volvió de golpe al centro de la política argentina. En una cadena nacional de fuerte contenido político, Javier Milei dejó de lado la cautela diplomática y convirtió el reclamo de soberanía en una advertencia concreta al poder económico: las empresas que participen de la explotación petrolera en las islas podrán quedar inhabilitadas para operar en la Argentina.
El Gobierno abrió procedimientos contra 45 empresas y personas vinculadas con esas actividades. El mensaje fue inequívoco: quien haga negocios petroleros en Malvinas no podrá pretender hacerlos también en territorio argentino.
La respuesta británica fue inmediata. Londres ratificó su posición “absoluta e inamovible” sobre las islas y reivindicó el derecho de los isleños a seguir siendo británicos. Las empresas involucradas, por su parte, minimizaron el impacto de las amenazas argentinas, aunque las acciones de Navitas y Rockhopper sintieron el efecto en los mercados. La disputa dejó de ser solamente diplomática: Malvinas ingresó también en el terreno de los negocios, las inversiones y el petróleo.
El Presidente Milei y su Gabinete
Pero el movimiento más significativo se produjo en la política argentina. Milei consiguió algo que parecía haber perdido: recuperar la iniciativa, imponer un tema y obligar a la oposición a reaccionar sobre su terreno. En cuestión de horas, una agenda dominada por la economía, los morosos, el Congreso y los problemas cotidianos del Gobierno quedó desplazada por una causa capaz de despertar una sensibilidad nacional transversal. La oposición quedó desconcertada: cuestionar el oportunismo de Milei implica correr el riesgo de aparecer enfrentada a la defensa de la soberanía; acompañarlo supone reconocerle la conducción de una bandera que históricamente estuvo en manos de otros sectores políticos. Ese es, probablemente, el mayor éxito político de la jugada.
La pregunta que queda abierta es si se trata de una verdadera reactivación de una política de Estado o de una inteligente maniobra para correr la agenda doméstica. Probablemente haya algo de ambas cosas.
La oposición puede cuestionar la oportunidad, la coherencia o la eficacia de la estrategia de Milei, pero no debería convertir la defensa de la soberanía en una competencia para desacreditar a la Argentina.
El Presidente defacto Fortunato Galtieri y el Presidente Milei
La comparación de Milei con Galtieri, cuando se utiliza para descalificar el reclamo presidencial, resulta una asociación desubicada: confunde una reivindicación histórica con la decisión de una dictadura de iniciar una guerra. Y la frase de Alberto Fernández sobre que Inglaterra puede quedarse tranquila porque la Argentina está “absolutamente desarmada” lleva esa desorientación a un extremo difícil de justificar.
Milei puede estar utilizando Malvinas para recuperar centralidad, pero eso no significa que la cuestión de la soberanía haya dejado de ser real. La eficacia política de su movimiento reside precisamente ahí: tomó una causa que excede al Gobierno, la colocó nuevamente en el centro de la escena y consiguió que, por unos días, la oposición dejara de discutirle la agenda económica para discutirle Malvinas.
Orlando Di Pino

