Lo que estaba previsto como una charla sobre ética e inteligencia artificial terminó convertido en una exposición sobre religión, marxismo, oposición y periodismo. Javier Milei habló durante unos 40 minutos ante alumnos de cuarto y quinto año de la escuela ORT de Almagro. La actividad generó cuestionamientos de familias, exalumnos y del exdirector de la institución.
El punto central no son las convicciones personales del Presidente, sino el rol de la escuela y la responsabilidad de quien ocupa la máxima autoridad del Estado. Una institución educativa no es una tribuna política ni un escenario disponible para cualquier discurso oficial. Su función es ofrecer herramientas para analizar distintas posiciones, formular preguntas, contrastar argumentos y desarrollar criterios propios.
Durante la charla, Milei vinculó el capitalismo con la tradición judeocristiana, citó pasajes religiosos, calificó al marxismo como parte de un “programa satánico” y cuestionó a sus adversarios y a los periodistas. Incluso alentó a los estudiantes a abuchear a los periodistas presentes: “Si quieren hacerlo más fuerte, se los voy a festejar”.
No se trata de una frase aislada ni de una simple provocación del estilo al que el Presidente suele recurrir. Cuando un mandatario invita a estudiantes secundarios a hostigar a periodistas, está utilizando su autoridad para legitimar una conducta que contradice cualquier noción básica de convivencia democrática. La crítica a la prensa puede formar parte del debate público; el abucheo promovido desde el poder es otra cosa. No busca discutir ideas: busca descalificar al otro y convertirlo en un enemigo.
Las familias cuestionaron que sus hijos fueran utilizados como “audiencia de un discurso atravesado por referencias religiosas y mesiánicas”. También señalaron que la actividad había sido anunciada como una charla sobre ética e inteligencia artificial, pero que el Presidente se concentró en cuestiones políticas, religiosas y económicas.
Ese cambio de contenido no es un detalle menor. Una escuela convoca a sus estudiantes a una actividad con determinados objetivos y, sobre esa base, las familias autorizan o aceptan su participación
La cuestión tampoco se resuelve diciendo que los alumnos son suficientemente grandes como para escuchar cualquier cosa.
El Presidente rodeado de jóvenes de la Institución.
Precisamente porque son adolescentes, la escuela tiene la responsabilidad de ofrecer contexto, herramientas y pluralidad. No alcanza con ponerlos frente a una figura de enorme poder simbólico y político para que escuchen una interpretación cerrada sobre el capitalismo, el marxismo, la religión o el periodismo. Sin preparación previa ni debate posterior, la actividad corre el riesgo de convertirse en una transmisión unilateral de ideas.
También hay una contradicción evidente con una de las principales banderas del propio Gobierno. Milei y sus funcionarios suelen denunciar el supuesto adoctrinamiento en las escuelas y cuestionar que los docentes transmitan determinadas ideas a los alumnos. Sin embargo, cuando el discurso ideológico proviene del Presidente, parece aplicarse otro criterio. El problema no sería entonces el adoctrinamiento en sí mismo, sino quién lo ejerce y desde qué lugar.
La doble vara es difícil de ignorar. Si una escuela no debe imponer una mirada política, esa regla debe valer para todos: para docentes, organizaciones sociales, partidos opositores y también para el Presidente de la Nación. La autoridad institucional no convierte una opinión en conocimiento neutral ni transforma una exposición política en una clase de ética.
El Presidente tiene derecho a defender el capitalismo, cuestionar al marxismo, reivindicar sus creencias religiosas y criticar a los periodistas. Lo que no debería hacer es presentar esas posiciones como verdades indiscutibles ante estudiantes, desde el lugar de autoridad que ocupa y en una institución que no fue convocada para funcionar como una tribuna electoral.
La libertad de expresión de Milei no está en discusión. Lo que sí debe discutirse es su responsabilidad institucional.
Una escuela no debería ser un espacio de obediencia intelectual ni una extensión de la comunicación presidencial. Debería ser el lugar donde los estudiantes aprendan a distinguir entre una opinión y un argumento, entre una convicción personal y una afirmación verificable, entre el debate democrático y la descalificación del adversario.
La escuela debe enseñar a pensar, no ofrecerse como escenario para que el poder transmita una única mirada sin contexto ni debate. Y el Presidente debería entender que no todo lugar es una tribuna, que no toda audiencia es un público electoral y que los estudiantes no están allí para aplaudir, abuchear ni repetir consignas.
Están allí para aprender.
Orlando Di Pino

