Al cumplirse un año de la muerte de Francisco, los homenajes y recordatorios que sucedieron -en Argentina y en el mundo- hablan por sí solos de la marca que el primer papa argentino y latinoamericano dejó en la Iglesia Católica, pero más allá de las fronteras institucionales del catolicismo en la sociedad internacional en su conjunto.
Así, el hombre que se autotituló como “el Papa que vino del fin del mundo” se convirtió –por sus prédicas y sus acciones– en el mensajero que llegó con sus palabras y sus gestos a los confines del globo. No solo porque totalizó 47 viajes internacionales por 66 países en todos los continentes y recorrió casi 470 mil kilómetros, sino fundamentalmente porque amplió las audiencias tradicionales del catolicismo.
En su viaje a Brasil (2013), al comienzo de su pontificado, les pidió a los jóvenes que “hagan lío” en la calle, en la sociedad y en la propia iglesia. Ahora Buenos Aires fue testigo de ello el sábado por la noche cuando miles de jóvenes (y muchos otros que no lo son tanto) se congregaron en Plaza de Mayo para recordar a Jorge Bergoglio al ritmo de la música electrónica del DJ y sacerdote católico portugués Guilherme. En 2015, en Bolivia, animó a los dirigentes de los movimientos sociales, a los que bautizó como “poetas sociales”, a luchar por sus derechos bajo el lema de “techo, tierra y trabajo”. Para hablar del tema, los invitó varias veces al Vaticano.
El cura -DJ- Guilherme Peixoto
A través de sus mensajes y documentos magisteriales, el Papa que llegó a Roma desde Argentina y América Latina amplió la agenda del debate para pronunciarse sobre las injusticias de la economía mundial, la responsabilidad de los poderosos y la lucha de los pobres y marginados por sus derechos, sobre los derechos humanos en general, pero también sobre el cuidado “de la casa común” y el medio ambiente, la ecología integral y la condena permanente de la guerra, promoviendo la paz en todos los confines del mundo. En esto involucró y comprometió a la diplomacia vaticana, facilitando en su momento el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos e intentando mediar en la guerra entre Rusia y Ucrania.
Se podrá decir que hubo más fracasos que éxitos en varias de esas gestiones, al igual que en los esfuerzos por lograr una reducción de la carga de la deuda externa de los países pobres. Sin embargo, Francisco dejó abierta la agenda y marcó el camino de batallas en algunos casos olvidadas por otros líderes mundiales.
Hacia el interior de la propia Iglesia Católica, abrió las puertas a “todos, todos, todos”, como solía decir. A los fieles que fueron y no se atrevían a volver porque se divorciaron y se volvieron a unir en pareja, a las mujeres a las que otorgó responsabilidades de gobierno en la Iglesia, a la comunidad LGTBQ+ que antes se sentía rechazada en el ámbito eclesial, a las otras religiones y credos con los que instaló un diálogo permanente en función de lo que él consideró responsabilidades comunes, como la búsqueda permanente de la paz en el mundo. Poniendo en práctica los acuerdos del Concilio Vaticano II, Bergoglio abrió las puertas de la iglesia para que entrara allí aire fresco, asumiendo también la tragedia de los abusos cometidos por ministros eclesiales y buscando poner límite a los sectores ultraconservadores que lo combatieron hasta el último día.
Entre los aciertos que se le reconocen a Francisco está haber utilizado en su magisterio un lenguaje cercano al pueblo sencillo. Se despojó de parte de la tradicional pompa ceremonial del Vaticano y respaldó sus dichos con gestos como seguir viviendo en el sencillo hotel religioso Santa Marta, el mismo lugar donde solía alojarse en sus frecuentes visitas a Roma antes de ser elegido papa.
Estos —y muchos más que no se registran aquí— son parte de los motivos por los que hoy, a un año de su muerte, la sociedad argentina e internacional le reconoce a Francisco su legado y su contribución a la sociedad y a la iglesia. También hay quienes, sin que se lo hayan dicho nunca personalmente, hoy reconocen que “Francisco me cambió la vida”.
Sinopsis de la nota de Washington Uranga; publicada en Página 12.

