La historia es tan lineal como sorprendente, hace 80 años nació una piba que se llamó Ana María Casanova, linda sin exagerar, algo sensual, criada en un hogar clase media, padre militar, saliendo de la adolescencia pensó en estudiar abogacía y un día sin demasiada convicción largó la facultad y se probó para vedette y en ese exacto momento empezó todo.
Ya atravesó tres generaciones de argentinos y siempre estuvo y está; en la revista y en las revistas, en la tele, en el teatro, en el cine, en la política, en el escándalo, en amores estruendosos, en las páginas policiales y sin abandonar las marquesinas de la calle Corrientes.
En los 70, Moria hizo estallar los moldes de la vedette tradicional, mientras que las divas de la época solían adoptar un rol sumiso o puramente complaciente para el ojo masculino, ella impuso una presencia física imponente, altiva y una rapidez mental filosa, alta, de piernas largas y rasgos fuertes desafió el canon de la «mujer objeto» pasiva, representó una vanguardia de destape y un quiebre de la moral sexual tradicional en el teatro de revista y el cine de comedia. Desde sus inicios demostró que no necesitaba un capo cómico varón a su lado, para validar su humor ni su magnetismo
Moria Casán es un verdadero mito viviente de la cultura popular y el espectáculo argentino, representa la capacidad de reinventarse sin perder el centro.
Moria Casán
La versión Netflix de la vida de Moria es cero edulcorada, apuesta fuerte a lo kitsch, con mucho brillo, pelucas y teatralidad, pero también muestra sus contradicciones, muestra a una mina que pasó por dictaduras, crisis, consumos, cancelaciones, cárcel, escándalos y siempre volvió más fuerte. Moria es icono, exceso, laburo y resiliencia, por eso cada generación la adoptó con un código distinto, pero todos la reconocen
La serie se mete sin pedir permiso en el cruce entre ese personaje gigante construido a mano por su propia escultora y la mujer de carne y hueso.
El acierto mayor está en el casting triple: Sofia Gala: como la Moria joven tiene hambre y desparpajo. No imita, encarna. Le mete cuerpo y esa picardía de quien se está inventando.
Griselda la representa en la etapa de los 90, es la Moria más icónica, ella lo entiende perfecto y juega el personaje con maestría, pero no deja de ser Siciliani.
Cecilia Roth por último toma a la Moria de hoy, le da templanza, humor autocrítico y una melancolía que humaniza al personaje, logra evitar la caricatura y muestra a la mujer detrás de la diosa.
Ninguna busca el calco. Las tres eligen interpretar, y eso salva a la serie del mero homenaje.
En definitiva, Moria – como tantos otros mitos argentos – es odiada y amada, pero necesaria.
Fue y es una laburante del espectáculo que eligió ser protagonista de su propia historia, autora exclusiva de su propio guion, supo convertir cada golpe en show, cada exceso en un guiño, cada contradicción en una protesta, representó la libertad sexual cuando acá se hablaba de familia, patria y hogar, fue amada por la Comunidad LGTB cuando muchos no lograban ni siquiera desentrañar esa sigla, hoy representa la libertad total, la que le permite decir lo que se le canta, pensar sin condicionantes, vivir con el desparpajo de siempre y andar – por la vida- mas allá de todo y de todos.
Orlando Di Pino

